Contar la ciudad: escuchar para comunicar

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Por Pedro Bravo

Proceso participativo enA Coruña 2030. Fuente: Paisaje Transversal

Estamos hechos para comprender la vida a partir de relatos. Nuestro cerebro es colector de las señales que le envían los sentidos pero es algo más: es un creador de historias que nos relacionan con otras personas del presente, del pasado y del futuro; un fabulador que nos cuenta las cosas de un modo narrativo para que nos atraigan y, así, las entendamos. Esta forma de ser y de funcionar es nuestro hecho diferencial. El que ha propiciado que los seres humanos hayamos compartido creencias e imaginarios y nos hayamos asociado para hacer cosas en común. El que nos hizo pararnos en el Neolítico, dedicarnos a la agricultura, crear ciudades y avanzar a toda velocidad hasta llegar a este momento.

Cualquier ejercicio de comunicación es una muestra de esta condición humana. Cualquier objeto de comunicación debe explicarse a partir de ella. La ciudad también. La ciudad, especialmente.

Hasta hace muy poco, cuando hablábamos de ciudad, tendíamos a limitar el significado de la palabra a lo construido —a las calles, los edificios, las infraestructuras—, no solíamos contar con las personas que la habitan y mucho menos con las que la vivieron. Y, sin embargo, eso es la ciudad: una comunidad que se encuentra en un lugar para cooperar, comerciar, discutir, dialogar, sufrir, divertirse, amar y reproducirse, que finalmente es la esencia de la vida. Si no la hemos entendido así puede ser porque su relato ha estado principalmente en muy pocas manos.

Urbanistas, ingenieros, arquitectos, alcaldes, concejales, asesores…, los que decidían sobre la ciudad, casi siempre hombres, casi siempre técnicos, eran también quienes la contaban. Y lo hacían a su manera, compleja y sesgada. Y por eso, desde el desarrollo de las sociedades capitalistas en la segunda mitad del siglo XX hasta ahora, los urbanitas hemos permanecido bastante ajenos a los mecanismos que sostienen nuestra vida en común en entornos urbanos. Ocupados en seguir el frenético y cada vez más individualista ritmo impuesto por la sociedad de consumo, hemos leído —o, al menos, hemos tenido la posibilidad de hacerlo— los libros de instrucciones de todos los aparatos que hemos comprado, pero no hemos podido encontrar el de nuestra casa común, el de la ciudad. Porque no nos lo han hecho accesible.

Tampoco nos lo han facilitado los medios de comunicación, seguidores siempre de los juegos del poder y, al menos en España, demasiado inmersos en el teatro de la política de partidos. Por eso aquí las secciones locales han sido hasta hace muy poco las hermanas pequeñas de las nacionales, meros altavoces de los mensajes electorales de los cargos y los candidatos en el periodo electoral permanente en el que parecemos estar varados.

¿Por qué fueron y son todavía tan influyentes Jane Jacobs y sus posturas sobre lo urbano? Quizás, precisamente, por lo excepcional de su punto de vista. Una mujer —una ama de casa, como la señalaban despectivamente sus enemigos—, sin formación técnica ni cargo que se atreve a pasear, mirar y escribir sobre la ciudad. Fuera del despacho, más allá de los planos, están la realidad y su relato. Desde abajo, a pie de calle, a ritmo de caminata, en contacto con el resto de la comunidad que conforma la civitas que significaron ya los romanos se entiende mejor de qué va esto de lo urbano y, así, se explica mejor y se ayuda a los demás a entenderlo, a vivirlo y a cambiarlo.

Por fortuna, la brecha que ayudó a abrir la mirada de Jacobs se ha ido extendiendo y ésa es la razón de que buena parte de este texto se haya escrito premeditadamente en pretérito, casi siempre imperfecto. Se ha venido ampliando el enfoque sobre cómo debe ser la ciudad, se habla de escala humana, de movilidad sostenible, de densidad, de espacio público, de usos mixtos o de comunidades diversas. Pero, sobre todo, ha aumentado mucho la variedad de los quiénes: quién enfoca, quién pregunta, quién habla, quién diseña, quién decide. Esto ha sido posible gracias a nuevas generaciones de periodistas y medios de comunicación, de geógrafos, de antropólogos sociales, de economistas, de sociólogos, de activistas. Y, muy importante, gracias a profesionales del urbanismo que han entendido que no se puede hacer ciudad sin escuchar a la ciudad.

“Escuchar y transformar la ciudad” es el lema que define la actividad de Paisaje Transversal, la oficina de planificación urbana que ofrece este blog y que sirve de ejemplo para el cambio del que hablo. Desde su fundación, en Paisaje Transversal entendieron que la ciudad es comunidad y que, por tanto, no se debe tratar de intervenir en su diseño y renovación sin atender a quienes la habitan y habitarán. En su modelo, escuchar es medir, recoger datos, analizarlos, evaluar, entender. También fomentar la participación, dialogar, debatir, juntarse.

Se trata de ampliar todo lo posible la mirada, de tratar de hacer la ciudad desde abajo, de romper esa dinámica que establecía que el urbanismo era un asunto muy complejo que había que dejar a unos pocos, de transformar la sociedad atendiendo a su relato y, al mismo tiempo, haciendo que éste evolucione.

Este proceso de escucha es comunicación. Solemos asumir este concepto sólo como una parte de lo que comprende. Sobre todo últimamente, creemos que comunicar es emitir contenidos de una forma unidireccional y persistente. Eso es ruido. Para comunicar hay que entender y para entender hay que observar, dejar hablar, escuchar, dialogar, conocer. Igual que en el ejercicio del buen urbanismo, en el de la buena comunicación la escucha es parte esencial: el inicio de todo y la actitud que hay que mantener constantemente.

Proceso participativo de la Agenda Urbana ‘Vitoria-Gasteiz 2030’. Fuente: Paisaje Transversal

Para contar la ciudad, para comunicar las cosas que se hacen en la ciudad, también hay que empezar atendiendo a su ciudadanía, a los agentes sociales y económicos y a su relato presente y pasado. Todo empieza así. Cualquier ejercicio de comunicación que no se pare a entender lo que va a comunicar será, seguro, un ejercicio fallido. Puede que sea una marca muy pintona, unas gráficas bien diseñadas o una campaña de impacto, pero no será un intercambio de información. Estamos hechos para comprender la vida a partir de relatos, sí, pero los que de verdad asumimos como propios, los que son transformadores, son los que vamos construyendo en común de una forma orgánica.


Pedro Bravo es periodista, escritor y consultor de comunicación con la mirada puesta en los asuntos urbanos. Publica libros y artículos al respecto y ayuda a organizaciones —públicas, sociales y privadas— a construir sus relatos y generar sus estrategias de comunicación.

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