¿Qué es el análisis urbano con perspectiva queer?

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por Beatriz Márquez Pozo

Fotografía: Beatriz Márquez Pozo

«La territorialización queer demuestra que el derecho a la ciudad, como reivindicación, debe conceptualizarse como un conjunto de diversos derechos situados —el derecho a habitar, transformar y crear nuevos espacios urbanos— y no, simple o principalmente, como un conjunto de derechos políticos».

Queering Urbanism, Stathis G. Yeros (2024)

Castro, en San Francisco, Schöneberg, en Berlín o Chueca, en Madrid, son algunos de los ejemplos más conocidos de los popularmente llamados “barrios gais”. A pesar de que surgieron en contextos urbanos diferentes y responden a trayectorias históricas propias, todos ellos han acabado asociándose a una misma etiqueta: lo LGBTIQ+.

De ahí, resulta inevitable plantear varias preguntas: ¿se trata de casos aislados o existen determinadas condiciones urbanas que favorecen su desarrollo como barrio LGBTIQ+? ¿qué pasaría si se ampliara la mirada más allá? Y, sobre todo, ¿cómo se analiza la ciudad desde lo queer?

En el siguiente artículo se profundiza en algunas de esas cuestiones a partir del análisis crítico de las lógicas de producción del espacio urbano desde una perspectiva queer; un trabajo que se inscribe, además, en la investigación Más allá de Chueca: análisis urbano desde una perspectiva queer, desarrollada en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) en 2023 y que aborda el espacio urbano de Madrid como un campo de producción socioespacial atravesado por prácticas espaciales (no) normativas y sus implicaciones en términos de visibilidad y seguridad.

El caso de Chueca

Para el turismo madrileño, Chueca se ha convertido en una de las paradas fundamentales durante una visita a la ciudad. Banderas del orgullo en balcones y locales de ambiente acompañan las ya numerosas cafeterías “de especialidad” y lo último en tiendas “de moda”. Chueca presenta las características ideales para experimentar un recorrido agradable, sin dejar de ser “exótico” para un público general, convirtiéndose en una gran atracción urbana.

Plano de Texeira – Madrid S.VII. Fuente: Instituto Geográfico Nacional

Sin embargo, no siempre fue así. Siglos atrás, a finales del siglo XVIII, un gran eje industrial se extendía desde el actual barrio de Bilbao hasta la zona Recoletos, impulsando una intensa activación económica y urbana del área. En este contexto, Chueca se convirtió en lugar de residencia de muchos trabajadores artesanos, en su mayoría vinculados con la industria metalúrgica. 

Esta dinámica permanece hasta que se produce uno de los mayores cambios urbanísticos de la ciudad: la construcción de la Gran Vía (García Pérez, 2014). A partir del año 1910, el casco histórico de Madrid es atravesado de lado a lado por una nueva gran arteria urbana, que implicó el derribo de hasta casi 312 viviendas. Como resultado, en apenas una década, la Gran Vía pasa a consolidarse como eje de referencia para la implementación de los primeros grandes almacenes y demás comercios de consumo moderno.

Plaza de San Gregorio (luego Plaza de Chueca), Madrid en 1895. Fuente: Wikipedia

Ahora bien, esta transformación no favoreció a todas las áreas colindantes por igual. Mientras que al sur del nuevo eje, los ámbitos de Callao y Sol se vacían y se experimentan un proceso de comercialización completo, al norte, muchas zonas quedan “ocultas” de la ciudad moderna que proyectaba Gran Vía. Ejemplo de estas escenas olvidadas y relegadas fueron muchas de las plazas hoy bien conocidas, como Plaza de la Luna, del Carmen o de los Mostenses, o el propio barrio de Chueca. 

Plaza de Chueca, Madrid, años 80. Revista cultural Cultura Diversa – Fuente: Nosotrxs somos

Ahí, a finales de los setenta, la situación de vulnerabilidad en el barrio se intensifica, hasta convertirse en un espacio percibido como inseguro e infranqueable para la mayoría de la población madrileña. De forma paulatina, el barrio sufre un importante proceso de abandono urbano y social y pasa a considerarse un punto ciego de la ciudad. Este contexto termina por favorecer la proliferación de actividades vinculadas al tráfico y consumo de drogas, así como situaciones de violencia. 

Sin embargo, de esta misma condición de “ocultación” a la que quedó adherida al barrio, también fueron partícipes las personas del colectivo, perseguidas todavía en ese momento por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que no despenalizó las personas LGBTIQ+ hasta el 1978.

Pancartas contra el tráfico de drogas en Malasaña, en 1994. Fuente: Pedro Carrero / El Mundo

¿Cuándo comenzó a considerarse Chueca un barrio LGBTIQ+?

Así, en los años sesenta, el barrio ya contaba con un tejido social que había sido enriquecido gracias a la comunidad LGBTIQ+ por su creciente situación de vulnerabilidad. Pero tendrían que pasar algunos años para que empezara a materializarse de forma visible en el tejido urbano, cuando comienza a crecer y desarrollarse en el barrio y en sus alrededores una oferta comercial dirigida principalmente a hombres gays, tal como recoge la Guía Secreta de Madrid elaborada por el periodista Antonio D. Olano en 1975. 

Este crecimiento comercial fue, no obstante, ampliamente cuestionado y rechazado por parte del primer movimiento homosexual español. Buena parte del activismo se posicionó en contra de lo que denominaban “gueto comercial”, en referencia a la concentración de locales especializados, equiparando estos espacios a  una especie de clóset o armario personal (Boivin, 2016), pero de escala urbana.

Esta crítica quedó reflejada en posiciones como la de José Antonio Berrocal, quien advertía de los riesgos de “un militantismo gay que limitara su actuación a reivindicar tan sólo unos derechos democráticos, no lograría más que una tolerancia permisiva, como sucede en ciudades como Ámsterdam, París, San Francisco, o como parece que se pretende en el madrileño barrio de Chueca. Tal reformismo, a lo único que puede conducir es a una forma de institucionalización del gueto homosexual” (Berrocal, 1979, citado en Boivin (2016).

Cartel Gais contra el 92, La Radical Gai, 1992. Fuente:¿Archivo queer? Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía

En 1983 se produjo un primer acercamiento entre militantes y comerciantes con la creación de la Asociación Gai de Madrid (AGAMA), que comenzó a realizar eventos culturales en locales LGBTIQ+. Sin embargo, no fue hasta que esta asociación estableció vínculos con el Ayuntamiento que, por primera vez, la celebración del Orgullo se desplaza del sur de Madrid hasta Chueca (Boivin, 2016), iniciando así un proceso de institucionalización y centralidad simbólica del barrio dentro del movimiento LGBTIQ+ madrileño.

Todos estos primeros avances en Chueca se ven paralizados años después por la irrupción de la epidemia del VIH, que intensificó la estigmatización del colectivo, y, en consecuencia, provocó un aumento de las redadas contra comercios y personas LGTBIQ+ en el espacio público. El barrio experimenta entonces una de sus etapas de mayor vulnerabilidad, acentuada por el final de la Movida Madrileña, la crisis socioeconómica y la expansión del consumo de heroína.

No fue hasta la década de los noventa cuando comenzaron a consolidarse nuevos procesos de transformación. Gays y lesbianas confluyeron en 1986 en la creación de una nueva asociación, el Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de Madrid (COGAM). En 1994, la sede de la asociación se trasladó al barrio de Justicia, coincidiendo con la llegada al barrio de de Berkana, la primera librería especializada en temas LGBTIQ+ de Madrid. 

Librería Berkana. Revista cultural Cultura Diversa – Fuente: Nosotrxs somos

Estos cambios estuvieron en sintonía con una transformación más amplia del tejido comercial del barrio. Lo que antes eran locales “clandestinos”, ocultos y cerrados respecto a la ciudad, pasan a ser, mayoritariamente, comercios, bares y cafeterías luminosas, abiertas y visibles al peatón (Lily, 2016; Elpidio Domínguez, 2023). Es en este momento cuando la bandera del Orgullo comienza a adquirir una  presencia reconocible en las calles, acompañada de símbolos, códigos visuales y marcas propias del colectivo, haciendo del barrio un lugar de visibilidad pública, reconocimiento urbano y centralidad comercial vinculada a la identidad LGBTIQ+.

Más allá del espacio público y de los espacios comerciales, la vivienda también desempeñó un papel central en la transformación del barrio. Ese mismo año 1994 se firmó un proyecto de regeneración urbana para Chueca, lo que marcó una diferencia significativa respecto a otros potenciales barrios LGTBIQ+ previos, como Lavapiés. Y es que, aunque ambos compartían una situación de vulnerabilidad urbana y social,  factores como el estado del parque residencial o las oportunidades de rentabilidad inmobiliaria marcaron la preferencia para inversoras e inmobiliarias (García Pérez, 2014). 

Renaud Boivin. Formas de inclusión y exclusión de las minorías sexuales en la ciudad

A partir del año 2000, la prensa comienza a proyectar una imagen cada vez más positiva del barrio, como se puede ver en algunas portadas de la época. Esta resignificación mediática ayudó a reforzar su atractivo financiero, comercial y simbólico, acelerando transformaciones profundas en su tejido urbano y social, acentuados además por la gentrificación y la turistificación. Esta situación provocó el aumento de las rentas, propiciando la expulsión progresiva de vecinos y vecinas, así como de personas del propio colectivo en situaciones más vulnerables, muchas de ellas pioneras en la  lucha por la visibilidad y los derechos.

Renaud Boivin (2016) De gueto a barrio gay. Chueca en los medios de comunicación (1960-2010) – Revista Zero (1998)

Análisis urbano desde una perspectiva queer

En la actualidad, el análisis de este tipo de barrios exige abandonar la noción tradicional de “barrio gay” y ampliar la mirada hacia enfoques más complejos vinculados a lo queer, pues permite atender no solo a la presencia comercial o simbólica del colectivo, sino también a las tensiones entre visibilidad, mercantilización, exclusión urbana y diversidad interna de las experiencias LGTBIQ+. 

Es decir, el análisis no debe de terminar con su desarrollo como barrio LGBTIQ+, sino que debe de ir más allá y plantearse qué ocurre con el resto de personas y diversidades del colectivo que llegan a espacios como estos en situación de vulnerabilidad, construyen formas de comunidad y, posteriormente, se ven obligadas a marcharse. ¿A dónde van? ¿se crean nuevos espacios fuera de estos “barrios gays”? 

Son este tipo de preguntas bajo las que adquiere especial relevancia el análisis urbano desde una perspectiva queer.

La palabra queer

El término queer (por queer theory, en inglés) aparece por primera vez en 1990, introducido por Teresa de Laureti en la revista científica Diferences: A Journal of Feminist Cultural Studies (Rosenberg, 2008). Según la etimología inglesa de la palabra, la palabra queer significa “strange, unusual, or not expected”, es decir: extraño, inusual o inesperado (Cambridge Dictionary). En su uso verbal, el término expresa la idea de «desestabilizar», «perturbar», «jorobar» (Fonseca y Quintero, 2009). 

En el contexto de las siglas LGTBIQ+, la Q corresponde a la palabra queer y hace referencia a personas que se identifican “más allá de categorías tradicionales, como el binarismo varón/mujer o el marco heterosexualidad/homosexualidad”. Es decir, que “no se identifican con ninguna etiqueta y quieren vivir su identidad de género/orientación sexual de forma libre y sin discriminación” (Amnistía Internacional). 

En esta línea, la autora Amy Kaminsky (2008) propone el neologismo “encuirar” como traducción verbal de queer al español, un concepto desde el cual se propone cuestionar la estabilidad de las normas y revelar la inestabilidad de las identidades. Paradójicamente, esto muestra también “la necesidad de crear y defender identidades alternativas para sobrevivir en una cultura regida por la identidad normatizada”.

Fotografía: Beatriz Márquez Pozo

¿Cómo se estudia una ciudad desde una perspectiva queer?

En la actualidad, numerosas autoras y colectivos están ampliando la mirada desde la cual entender la ciudad desde una perspectiva de género interseccional. Ejemplo de ello son los trabajos Col·lectiu Punt 6 o Izaskun Chinchilla, que ponen de manifiesto cómo el urbanismo ha priorizado tradicionalmente determinados sujetos, cuerpos y formas de habitar el espacio, dejando en de lado otras experiencias urbanas atravesadas por el género, la diversidad funcional, la edad, la clase social, el origen o la orientación sexual. 

Es sobre esta misma base que se plantea el análisis urbano desde la perspectiva queer. Partiendo de la definición del término, ante vista, este enfoque sitúa en el centro del estudio a todas aquellas identidades no normativas y diversidades sexuales y de género que habitan un lugar. 

A partir del contexto histórico, urbanístico, cultural y social de estos barrios, se plantea una metodología capaz de identificar la huella queer, esto es, la manera en la cual las personas del colectivo producen, transforman, resignifican o disputan el espacio urbano y qué respuesta obtienen de la propia ciudad, desde redes de apoyo a visibilidad. De esta manera, el análisis busca superar los límites del tradicional “barrio gay”, y permite atender a núcleos, recorridos, espacios de encuentro y demás prácticas urbanas queer.

Autores internacionales como Amin Ghaziani, en There Goes the Gayborhood? (2014), o trabajos nacionales como Mediterráneo(s) Queer, desarrollado por profesores y estudiantes de la Universidad de Alicante, constituyen referencias importantes para este tipo de aproximaciones, pues ambos casos identifican variables útiles para estudiar la ciudad desde lo queer, atendiendo no solo a la concentración espacial de comercios o de símbolos del colectivo, sino también a las dinámicas de visibilidad, pertenencia, exclusión, mercantilización, desplazamiento o transformación urbana.

Estos casos nos muestran cómo el estudio de la ciudad desde una perspectiva queer debe rehuir de los mecanismos tradicionales de análisis, o al menos ampliarlos. Y es que, si bien se sigue considerando fundamental el estudio de factores estructurantes básicos tales como la vivienda, equipamientos dotacionales o movilidad, el objeto de estudio debe complementarse con nuevas dimensiones capaces de captar esas otras experiencias urbanas habitualmente invisibilizadas

Entre ellas, que desarrollaremos a continuación, destacan desde la dimensión simbólica, vinculada a la presencia de referentes, códigos e imaginarios colectivos a la dimensión social, asociada a las redes de apoyo, pertenencia y comunidad, pasando por la dimensión virtual, cada vez más relevante en la configuración de encuentros, vínculos y espacios de reconocimiento, o la dimensión de la seguridad, entendida desde la experiencia concreta de las personas LGTBIQ+ en su relación cotidiana con la ciudad.

Simbología

Se entiende por simbología queer toda marca visual, icono o código cultural que representa al colectivo LGTBIQ+ o forma parte de sus procesos históricos de identificación, visibilidad y apropiación simbólica.

Una de sus expresiones más reconocibles es la bandera, siendo la arcoíris el símbolo general LGTBIQ+, junto con otras banderas que representan sexualidades e identidades específicas del colectivo. De igual manera, también pueden considerarse como parte de su  simbología los referentes visuales asociados a activistas, artistas, figuras históricas o personajes relevantes para la cultura LGTBIQ+, así como determinados objetos y signos que han sido resignificados por el colectivo a lo largo del tiempo, tales como el mosquetón o el triángulo rosa.

Banderas LGBTIQ+. Fuente: Elaboración propia

Más allá de los elementos gráficos o materiales, otros ejemplos de su simbología pueden encontrarse en los elementos como los que enumera el profesor de sociología Amin Ghaziani en su texto Queer Spatial Analysis (2018) y que “abarcan los significados simbólicos asociados al armario; los géneros televisivos, musicales y literarios; los eventos rituales como los desfiles del Orgullo; la iconografía del drag; el camp; las diversas formas de familia, y un sinfín de otras expresiones que reflejan subjetividades, estéticas y estilos de socialización únicos.”  

Con esto presente, al pasear por la ciudad, resulta evidente que toda esta simbología no se limita a los barrios LGBTIQ+ ni a los espacios tradicionalmente asociados al colectivo. Ghaziani plantea que hoy lo queer se expande más allá de estos y se integra ya en distintos ámbitos de la ciudad, desde espacios cotidianos a formas institucionales de reconocimiento.      

Es por ello que analizar la huella queer implica atender a una metodología capaz de atender no solo a la concentración de símbolos en determinados barrios, sino también a su expansión, circulación y resignificación en el conjunto del espacio urbano. Este modo de estudio atiende a dos elementos principales, y que Ghaziani denomina como anchor institutions (instituciones de referencia) —librerías, bares y centros comunitarios— y commemorations (conmemoraciones) —elementos más institucionales como pasos de cebra, nombres de plazas o desfiles del orgullo.

Fuente: Elaboración propia

Dimensión social

La dimensión social hace referencia a aquellos espacios ocupados, apropiados o frecuentados de forma significativa por personas del colectivo LGBTIQ+, especialmente cuando su uso va más allá de lo estrictamente dotacional o residencial. Se priorizan aquí espacios vinculados al ocio, el activismo, los cuidados, la sociabilidad y el encuentro, y que pueden adoptar formas muy diversas: centros sociales, librerías, bares, asociaciones, eventos culturales, fiestas, manifestaciones o incluso determinados ámbitos del espacio público. 

Todos estos espacios desempeñan un papel fundamental en la construcción del derecho de las personas con identidades de género y sexualidades no normativas a habitar la ciudad. , funcionando como ámbitos de reconocimiento, pertenencia, protección y producción comunitaria capaces de generar redes de apoyo o formas de socialización específicas. 

An Everyday Queer New York Publications (1983-2008) – A Queer New York: Geographies of Lesbians, Dykes, and Queers, 1983-2008. https://jgieseking.org/AQNY/AEQNYpubsmap/index.html Jen Jack Gieseking
NYC LGTBQ Historic Sites https://www.nyclgbtsites.org/

Esta dimensión también permite observar la ciudad como una red de espacios de encuentro, apoyo y conflicto, donde la presencia queer se expresa, además de a través de símbolos, mediante prácticas cotidianas de convivencia, cuidado, resistencia y comunidad.

Desde esta perspectiva, busca analizar qué identidades ocupan con mayor frecuencia dichos espacios y cuáles quedan fuera de ellos. En este sentido, conviene tener presente que no todos los espacios LGTBIQ+ son igualmente accesibles ni representan del mismo modo a todas las identidades, cuerpos, edades, clases sociales, expresiones de género u orígenes.

Tener esto en cuenta a la hora de analizar un barrio o una ciudad permite cartografiar cómo, al igual que ocurre con la simbología u otras variables de análisis, pueden darse procesos de invisibilización, jerarquización o exclusión, incluso dentro del propio colectivo. Así, no solo permite identificar dónde se localizan los espacios queer, sino también quiénes los habitan, quiénes se sienten legitimados para permanecer en ellos y qué experiencias quedan desplazadas o poco representadas.

Fuente: Elaboración propia

Dimensión virtual

Históricamente, los espacios LGTBIQ+ han sido lugares ocultos, discretos o difíciles de identificar para la sociedad cisheteronormativa. Durante décadas, su localización y acceso dependieron en gran medida de redes informales de transmisión, como el boca a boca, la confianza comunitaria o el reconocimiento de determinados códigos compartidos.

En la actualidad, sin embargo, estos espacios cuentan con nuevas formas de difusión, visibilidad y articulación a través de internet, las redes sociales, las plataformas digitales, la publicidad y el networking. Así, los espacios queer no sólo se configuran en un plano físico, sino que fluctúan entre la ciudad construida y el mundo digital. 

Are Gay Bars Closing? Using Business Listings to Infer Rates of Gay Bar Closure in the United States, 1977–2019. Greggor Mattson

Esta doble dimensión genera un debate interesante. Por un lado, lo virtual amplía la presencia y el alcance de las redes queer, facilitando el acceso a información, generando espacios de apoyo o permitiendo formas de encuentro, cuidados y socialización en contextos donde la dimensión social física es escasa o inexistente, como ocurre en algunos ámbitos rurales, ciudades pequeñas o territorios donde no existen espacios LGTBIQ+ consolidados.

Por otro, esta expansión virtual se produce en paralelo a la desaparición o fragilización de muchos espacios físicos vinculados al colectivo, como ponen en evidencia estudios como el de Greggor Mattson sobre el cierre de bares gais en Estados Unidos, a partir de los listados de las guías Damron entre 1977 y 2019.

La dimensión virtual permite ampliar el análisis urbano queer más allá de la presencia material de locales, símbolos o equipamientos, y observar cómo las personas LGTBIQ+ producen comunidad, memoria, apoyo y pertenencia también a través de infraestructuras digitales, generando nuevas formas de ocupar, habitar o disputar la ciudad.

Un ejemplo de esta dimensión es Queering the Map, una plataforma colaborativa y georreferenciada que permite archivar digitalmente experiencias LGTBIQ+ en relación con el espacio físico. A través de esta cartografía colectiva, personas del colectivo registran testimonios, realidades, memorias y experiencias y vinculados al amor, el activismo, la violencia, la opresión o la vida cotidiana en distintos lugares del mundo.

Otro caso significativo es The Trevor Project, una organización que ofrece apoyo emocional y prevención del suicidio para jóvenes LGTBIQ+ a través de canales digitales, configurando una infraestructura de cuidado para aquellas personas que no encuentran redes de apoyo suficientes en su entorno físico inmediato.

Iniciativas como esta última hacen evidente que la dimensión virtual no sustituye necesariamente a los espacios físicos, sino que obliga a repensar cómo ambos se relacionan, se complementan o entran en tensión, mostrando al mismo tiempo la necesidad de analizar conjuntamente la transformación de los espacios presenciales y el crecimiento de nuevas formas digitales de sociabilidad queer.

Seguridad

La dificultad de mantener espacios queer abiertos coincide, en muchos contextos, con la persistencia e intensificación de distintas formas de LGTBfobia. En los últimos años, gobiernos y legislaciones han llegado a declarar “zonas libres de ideología LGTB” o restringir contenidos relacionados con el colectivo, como han sido los recientes casos de Polonia o Hungría dentro del contexto europeo (Sánchez Molero, 2021) o el impulso de leyes Anti-DEI en EE.UU. Estos casos evidencian que la vulnerabilidad y las violencias hacia las personas queer no se limita al plano social o cultural, sino que también puede verse reforzada por decisiones institucionales, normativas o políticas. 

Por ello, en el análisis urbano desde una perspectiva queer, resulta fundamental incorporar el factor de la seguridad como una dimensión específica. Esta no debe entenderse únicamente como ausencia de violencia física, sino como la posibilidad real de habitar, transitar, permanecer y expresarse en el espacio urbano sin miedo a agresiones, discriminaciones, insultos, miradas hostiles, controles o formas de expulsión simbólica. Entender la seguridad implica entender qué espacios son percibidos o no como seguros o generan temor; en qué momento del día se pueden producir mayores situaciones de vulnerabilidad, o qué cuerpos o identidades se ven más expuestos a la violencia.

MMapa de la LGTBIfobia de Rivas (2023). Fuente: Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid

En este marco, resultan especialmente relevantes los Observatorios contra la LGTBfobia, entendidos como herramientas de registro, análisis y visibilización de delitos de odio contra el colectivo. En el contexto nacional pueden encontrarse varias iniciativas como el Observatorio estatal Redes contra el Odio de la FELGTBI+, Ikusgune en Vitoria-Gasteiz, el Observatorio Madrileño impulsado por Arcópoli, el Observatori contra L’LGBIfòbia en Cataluña o el Observatorio Andaluz contra la Homofobia, Bifobia y Transfobia.

Todos ellos elaboran informes estadísticos, recopilan denuncias y sistematizan información con el objetivo de visibilizar la dimensión de las posibles violencias, sensibilizar a la sociedad y aportar datos a las administraciones públicas. De esta manera, contribuyen a que la seguridad de las personas LGTBIQ+ sea reconocida como una cuestión urbana, social y política, permitiendo identificar necesidades y articular políticas públicas específicas.

Fuente: Informe 2025 Ikusgune

En conclusión

El caso de Chueca muestra cómo el desarrollo del barrio LGTBIQ+ puede estar condicionado por determinadas condiciones tales como una previa situación de vulnerabilidad, una ubicación céntrica, la presencia del colectivo y sus locales, el activismo y la política y/o un avance en el contexto sociocultural. 

Sin embargo, y a pesar de que estos espacios hayan tenido un papel fundamental en la visibilidad y en la consolidación de redes de apoyo y pertenencia de la comunidad, también evidencian dinámicas de exclusión, desplazamiento y transformación urbana. Esta dinámica pone de manifiesto la necesidad de romper con la idea de lo tradicionalmente considerado como “barrio gay”. 

Aquí adquiere protagonismo el análisis del urbanismo desde una perspectiva queer. Más allá de analizar símbolos o espacios vinculados al colectivo, este estudio permite comprender cómo las identidades y diversidades sexuales y de género habitan la ciudad. Al mismo tiempo, también señala las formas de exposición, situaciones de vulnerabilidad, pertenencia y resistencia que atraviesan sus experiencias urbanas.

Al incorporar dimensiones como la simbología, dimensión social, dimensión virtual o seguridad, se consigue añadir las capas de información ausentes en análisis urbanos tradicionales. De esta manera, el análisis del urbanismo desde una perspectiva queer busca no sólo dar visibilidad, sino, como enuncia Stathis G. Yeros, reivindicar el derecho a habitar, transformar y crear nuevos espacios urbanos para las personas LGTBIQ+.

Beatriz Márquez Pozo es arquitecta y urbanista (Universidad Politécnica de Madrid) y actualmente Doctorando en Arquitectura, Diseño, Moda y Sociedad. Especializada en estudios urbanos con perspectiva queer. Forma parte del equipo de Paisaje Transversal.

Bibliografía

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