Por una convivencia amable frente al riesgo: planificar el territorio frente al cambio climático

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Mataró. Imagen cedida por la Diputación de Barcelona – Autor: Patxi Uriz

Vivir siempre ha supuesto convivir con el riesgo. La palabra nos incomoda, pero como especie hemos llegado hasta aquí porque hemos sabido leer el entorno, organizarnos y cambiar cuando hacía falta. Ahora estamos ante una nueva etapa. Frente al cambio climático no basta con adaptarse. Tenemos la oportunidad —y la responsabilidad— de aprender a habitar de otro modo: con más cuidado, más inteligencia colectiva y más capacidad para dar vida a los lugares que habitamos.

Los últimos veranos se experimentan desde un calor extremo que no da tregua ni a las ciudades ni a los pueblos. Lo notamos en la calle, en casa, en el barrio, en los trayectos cotidianos, esperando el autobús, yendo al colegio o al trabajo, buscando un espacio sombreado que muchas veces no existe. Lo que antes parecía una molestia puntual hoy empieza a condicionar la vida diaria de muchas personas.

Adaptarse al calor no puede ser una palabra abstracta. Adaptarse es preguntarnos qué está cambiando, quién lo está sufriendo más y qué podemos hacer desde la planificación, el diseño urbano y la transformación del entorno construido. Porque la ciudad puede cuidar, pero también puede aumentar el riesgo. Puede proteger, pero también puede dejar más expuestas a las personas que ya viven en situaciones de mayor vulnerabilidad.

Es urgente actuar 

Las primeras respuestas a la urgencia del calor han impulsado la creación de refugios climáticos, convirtiendo parques, bibliotecas, equipamientos o hasta espacios comerciales acondicionados en lugares donde protegerse durante episodios extremos. Bajo condiciones urbanas deficientes son tremendamente necesarios, especialmente para quienes no cuentan con viviendas adaptadas, refrigeración, sombras cercanas o redes de apoyo. Sin embargo, si no forman parte de una estrategia más amplia, pueden quedarse en soluciones paliativas.

Paisaje Transversal llevamos tiempo trabajando sobre cómo pasar del síntoma y su diagnóstico a una transformación real que haga de nuestros entornos lugares confortables. En los últimos años hemos visto cómo la infraestructura verde, la renaturalización de espacios públicos o las soluciones permeables han ido ganando presencia en planes y proyectos urbanos.

Es una buena noticia, pero no es suficiente.

Necesitamos, además de planificar bien, planificar con urgencia. Con compromiso social, político y presupuestario. Integrar la naturaleza en la ciudad no puede ser un gesto decorativo ni una medida aislada. Tiene que formar parte de un cambio de modelo: una forma de reducir el calor, mejorar la salud, cuidar los espacios cotidianos y hacer que nuestros pueblos y ciudades estén mejor preparados para convivir con un clima que ya ha cambiado, siempre garantizando la equidad, con especial atención a la proximidad, la accesibilidad y la vulnerabilidad ambiental, socioespacial y económica.

Infraestructura para la resiliencia 

La crisis climática es parte ya indisoluble del hecho urbano. Sus efectos se interconectan con desigualdades sociales, déficits de vivienda, fragilidad de infraestructuras, pérdida de biodiversidad, degradación de suelos, presión sobre los sistemas naturales o debilitamiento de redes comunitarias. Esto no obliga a mirar la ciudad como un entramado donde se entrelazan personas, animales, plantas, suelos, cauces, infraestructuras, construcciones, memorias y formas de cuidado. 

El desarrollo urbano ha funcionado demasiado desde una lógica de separación entre lo construido y lo natural. La artificialización del territorio, la impermeabilización del suelo y la fragmentación del paisaje han desplazado ecosistemas y reducido, así, la capacidad de adaptación frente al cambio climático.

Frente a esta realidad, los proyectos de infraestructura verde y las soluciones basadas en la naturalezajardines de lluvia, sistemas urbanos de drenaje sostenible, corredores verdes, cubiertas vegetales, alcorques vivos, renaturalización de patios escolares, recuperación de riberas o creación de microhábitats— son formas de recuperar funciones ecológicas que la urbanización había interrumpido, reconstruyendo los vínculos entre ciudad y naturaleza y recuperando ciclos ecosistémicos y biodiversidad urbana.

El objetivo es proyectar entornos donde los espacios verdes —praderas, alcorques con flores espontáneas, macetas y jardineras en fachadas y balcones, huertos comunitarios, refugios de fauna— actúen como microhábitats conectados, capaces de sostener cadenas tróficas, favorecer el control biológico, reducir el uso de productos químicos y convertir la ciudad en un refugio activo para otras formas de vida: insectos beneficiosos, polinizadores, aves, etc.

PDIVM Mataró. Proceso participativo. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes

La ciudad como ecosistema 

La Comisión Europea define la infraestructura verde como una red estratégicamente planificada de áreas naturales y seminaturales, junto con otros elementos ambientales, diseñada y gestionada para ofrecer servicios ecosistémicos y mejorar la biodiversidad. Esta red, para ser útil, debe combinar espacios verdes y azules, mejorar la conectividad ecológica, contribuir a la salud y ayudar, finalmente, a la mitigación y adaptación climática.

Su desarrollo actual tiene sentido y se alinea con marcos y políticas cada vez más presentes. Desde la Estrategia Europea de Infraestructura Verde, que promueve la preservación y restauración de  estas redes para frenar la pérdida de biodiversidad y reforzar los servicios ecosistémicos, a la Ley Europea de Restauración de la Naturaleza, que fija objetivos vinculantes para restaurar ecosistemas degradados, aumentar la resiliencia, protegerse frente a desastres naturales y garantizar que no haya pérdida neta de espacio verde urbano y cobertura arbórea hasta 2030, o el impulso a proyecto Misión Ciudades para la neutralidad climática. A ellas, ya a nivel estatal, se suman la aparición de la Guía Metodológica para la Identificación de los Elementos de Infraestructura Verde (GMIVE), la aprobación de la Ley de Restauración de la Naturaleza o las recientes convocatorias de ayudas de la Fundación Biodiversidad en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR)

Los planes de infraestructura verde son instrumentos estratégicos que hacen posible cambiar esa forma de planificar. Permiten diagnosticar el estado ecológico de un territorio; identificar nodos, corredores y áreas de amortiguación; detectar discontinuidades y definir una hoja de ruta para restaurar hábitats, reducir riesgos climáticos y mejorar la calidad de vida de forma equitativa

Pero para ello,  la infraestructura verde debe dejar de ser un complemento paisajístico o estético y convertirse en una política vertebradora del modelo urbano en todas sus escalas, desde la biorregión hasta el alcorque, y entender el funcionamiento de los grandes sistemas ecológicos, hidrológicos y productivos; actuar sobre los barrios desde sus calles, plazas, patios escolares, solares, cubiertas, fachadas o bordes residuales, y desarrollar intervenciones que mejoren el confort térmico y la biodiversidad y creen, además, espacios de encuentro.

PDIVM Mataró. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes

Plan Director de Infraestructura Verde de Mataró 

Conscientes de esta situación, el Ayuntamiento de Mataró impulsó el proyecto Re-Natura, orientado a la renaturalización y mejora de la resiliencia de los espacios urbanos y periurbanos de la ciudad. Y, como parte de ese proceso, se ha desarrollado el Plan Director de Infraestructura Verde de Mataró (PDIVM), un instrumento estratégico que busca reforzar la infraestructura verde de la ciudad, entendida como una red planificada de espacios naturales y seminaturales que, conectados entre sí, permiten la mejora de la biodiversidad, la equidad y de la calidad de vida urbana, así como de la resiliencia urbana y de la adaptación al cambio climático. 

PDIVM Mataró. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes
PDIVM Mataró. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes

La propuesta, realizada junto con LANDLAB, laboratorio de paisajes, Marina Ambrosio y Albert Bestard con apoyo de la convocatoria de la Fundación Biodiversidad, plantea una metodología donde se combinan enfoques territoriales y urbanos, incorporando referencias como la Estrategia Nacional de Infraestructura Verde (ENIVCRE), la mencionada GMIVE —adaptada al contexto de Mataró— y las guías de infraestructura verde municipal. A partir de ese marco, el Plan se estructura en dos fases, una primera de análisis y diagnóstico prospectivo, y otra que define el modelo deseable y el programa de actuaciones. 

PDIVM Mataró. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes

El análisis construye una lectura integrada del sistema de infraestructura verde a partir de la identificación cartográfica detallada de las piezas que conforman los espacios abiertos y el verde urbano; su evaluación mediante una batería de indicadores; la valoración de los servicios ecosistémicos que estas piezas ofrecen o pueden llegar a ofrecer, así como su  capacidad para conservar hábitats y mejorar la conectividad ecológica, y el contexto institucional y los proyectos en marcha existentes. El resultado muestra un sistema de valores relevantes pero fragmentado, con déficits en la continuidad ecológica, especialmente en los corredores fluviales y el verde urbano, y con una capacidad desigual para proporcionar servicios de regulación climática, hídrica y ambiental.

Sabiendo eso, se define entonces una visión estratégica que se concreta en un modelo territorial integrado de infraestructura verde, concebido como una estructura multiescalar capaz de articular conectividad ecológica y mejora de la biodiversidad, al tiempo que reconoce el papel de Mataró como un nexo funcional dentro de la biorregión del Maresme, incluyendo el suelo agrícola de les Cinc Sènies al el suelo forestal del Montnegre-Corredor, desde el litoral, el mar y la pradera de posidonia a los márgenes urbanos y el verde del tejido urbano. Este modelo se organiza en torno a cinco elementos clave: 

  • Los nodos ecológicos, como espacios esenciales para la biodiversidad.
  • Los corredores fluviales, que conectan el sistema montaña-mar. 
  • Los corredores territoriales transversales, que garantizan la continuidad de los hábitats.
  • Las áreas de amortiguación, que reducen el impacto de las infraestructuras. 
  • La red verde urbana, que conecta el tejido urbano con los espacios abiertos e integra la naturaleza en la ciudad favoreciendo los servicios ecosistémicos de carácter cultural. 
PDIVM Mataró. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes

El Plan de Implementación se estructura en siete líneas estratégicas, que desarrollan a su vez tres grandes retos —funcionalidad ecológica, funcionalidad social y gobernanza— y se concretan en un total de 33 actuaciones prioritarias con distintos niveles de prioridad y un horizonte de desarrollo hasta 2035. Como últimas medidas, el Plan incorpora herramientas de gestión y seguimiento —que permiten su integración en el planeamiento urbanístico y en las políticas municipales— y un enfoque de gobernanza basado en la colaboración entre administraciones, entidades, agentes económicos y ciudadanía.

PDIVM Mataró. Fuente: Paisaje Transversal + LANDLAB, laboratorio de paisajes

Plan de Infraestructura Verde y Azul de Toledo

El Plan de Infraestructura Verde y Azul de Toledo (PIVAT), desarrollado también en el marco de la convocatoria de la Fundación Biodiversidad, se define como un plan estratégico municipal para diseñar, organizar y gestionar  territorio desde criterios ecológicos, sociales y climáticos, avanzando hacia un modelo de desarrollo urbano más integrado en la naturaleza y sus ciclos mientras establece las bases para la revisión del nuevo Plan de Ordenación Municipal (POM). 

PIVAT Toledo. Fuente: Paisaje Transversal

A través de sus propuestas, busca potenciar servicios de aprovisionamiento, regulación, soporte y cultura: producción de alimentos, calidad del aire y del agua, confort climático, bienestar físico y mental, movilidad activa, paisaje, reciclaje de nutrientes o formación de suelos. Para ello, el modelo propuesto conecta espacios naturales, rurales y urbanos mediante corredores ecológicos, restauración ambiental y soluciones basadas en la naturaleza, alineándose con las estrategias de infraestructura verde regional y estatal para recomponer la relación entre ciudad, río, paisaje, biodiversidad y patrimonio.

PIVAT Toledo. Fuente: Paisaje Transversal

En ese sentido, el Plan entiende el río Tajo como la pieza principal de la infraestructura verde y azul, pero también se reconocen corredores forestales, zonas agrícolas, cigarrales, laderas, espacios urbanos y conexiones peatonales. Todo ello para actuar contra riesgos diversos, como la desertificación, los cambios en el patrón de precipitaciones, las inundaciones recurrentes, la erosión, las posibles crecidas del río y los incendios forestales. 

PIVAT Toledo. Fuente: Paisaje Transversal

A menor escala, el plan diseña intervenciones en barrios prioritarios como Palomarejos, Santa Bárbara o el Casco Histórico; plantea acciones para la restauración del Tajo y sus afluentes, y define soluciones urbanas de renaturalización y drenaje sostenible, promoviendo la implicación ciudadana y la corresponsabilidad en el cuidado del entorno.

PIVAT Toledo. Fuente: Paisaje Transversal

Reevaluar la idea del riesgo

Los riesgos no aparecen de repente: se construyen lentamente, mediante decisiones sucesivas sobre dónde se urbaniza, cómo se ocupa el suelo, qué mantenimiento reciben los cauces, qué equipamientos se ubican en zonas expuestas o qué recursos existen para anticiparse. Surgen, por tanto, de la combinación entre amenaza, exposición y vulnerabilidad. En ese sentido es una construcción urbana, social y política. No depende solo de la intensidad de un fenómeno meteorológico, sino de las condiciones materiales, sociales y ecológicas desde las que lo enfrentamos. 

No es lo mismo atravesar una ola de calor habitando una vivienda rehabilitada energéticamente que en una mal aislada; o tener cerca un parque sombreado que vivir en un barrio con deficiencia de espacio público; o contar con redes familiares y comunitarias; o poder modificar horarios, desplazamientos o consumos energéticos que depender de trabajos, cuidados o recursos que no lo permiten.

La misma lógica puede aplicarse al conjunto de riesgos climáticos. Si frente al calor necesitamos sombra, agua, vegetación, viviendas adaptadas y equipamientos seguros, frente a las lluvias torrenciales necesitamos suelos permeables, sistemas de drenaje sostenible, cauces funcionales, infraestructuras críticas protegidas y protocolos de emergencia. Si frente a la sequía necesitamos ahorro, reutilización, especies adaptadas y suelos capaces de retener humedad, frente a los incendios necesitamos gestión forestal, prevención, mosaicos agroforestales, discontinuidades combustibles y franjas de protección. Todos estos casos requieren atender  las posibles vulnerabilidades e identificar quién está más expuesto, qué territorios acumulan más fragilidades y qué comunidades tienen menos capacidad de respuesta.

Desde ahí que se necesite una mirada amplia, que entienda que, más la respuesta, la adaptación es una forma de reanudar vínculos entre lo urbano, lo social y lo ecológico, transformando las condiciones que hacen que episodios como esos se conviertan en desastre e incrementando la capacidad colectiva de responder, cuidar y reorganizar la vida urbana en un contexto climático cada vez más incierto.

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